sábado, 23 de marzo de 2013

la suegra del diablo


Había una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos.
Una tarde se asomó la muchacha a la ventana, bien compuesta y de pelo suelto. (Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido). No hacía mucho rato que estaba allí, cuando pasó un señor a caballo. Era un hombre muy galán, muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo, moreno, de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba. El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata. Saludó con una gran reverencia a la niña, y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre lo ocurrido.
A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana. Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero.
Al día siguiente, desde buena tarde, estaban a la ventana, vestidas con las ropas de coger misa, volando ojo para la esquina. Al cabo de un rato, apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro, sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas.
Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.
Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que ciudara del caballo.
El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomendaciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hijo mío.
Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen.
Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo.
Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios.
Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo. Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y ésta le contó las gracias de su marido. Cuando se sentaron a la mesa, la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo.
A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que éste se dió gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo. --¿Apostemos a que aquí no entra Ud?
El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa.
La suegra hizo señas a unos hombres que tenían listos con la tapadera, tras una cortina y éstos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo: --¿pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve, eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él.
Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto, aquél era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, sólo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero sólo Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el pobre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mala palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un podre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oir bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía: --¡Quien quiera que seas, sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dió con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: --Hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta.
El preguntó: --¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: --Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.
--Para pagarte tu favor-- le dijo-- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", --y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil. Ya te lo advierto.
Y así fue. Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino, y nada. De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud. Llegó donde el enfermo y para disimular, se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina. A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo: --"Soy el que te sacó de la botijuela"--.
Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido. Toda la familia estaba agradecidísima, no hallaban donde poner al médico y lo dejaron bien pistudo.
Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal, en la duquesa doña Mengana, en el marqués don Perencejo. Y todos fueron curados por el médico, que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio. La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba. Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa. El otro, por rajón, le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así, le cortara la cabeza.
Se acercó con su botella de agua y le dió las tres cucharadas. A la tercera le dijo al oído de la enferma: --"Soy yo, el que te sacó de la botijuela".
El diablo respondió: --¡No!
Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle: -- ¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita ...
Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no.
Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina.
Pidió al rey tres días de término y entre tanto, no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera, dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora.
Y así se hizo. En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo: --¡Salí por vida tuyita...!
En vez de contestar, el Diablo preguntó: --Hombre, ¿qué es ese alboroto? El otro respondió: --Aguardate, voy a ver qué es.
Inmediatamente volvió y dijo: --¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo.
--¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? --dijo el Diablo. ¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno. La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico, mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio, regalo del rey. Desde entonces la pasaron muy a gusto.

la flor del olivar


Carmen Lyra 1888-1949En un país muy lejos de aquí, había una vez un rey ciego que tenía tres hijos. Lo habían visto los médicos de todo el mundo, pero ninguno pudo devolverle la vista.
Un día pidió que lo sentaran a la puerta de su palacio a que le diera el sol. El sintió que pasaba un hombre apoyado en un bordón, quien se detuvo y le dijo:
—Señor rey, si Ud. quiere curarse, lávese los ojos con el agua en donde se haya puesto la Flor del Olivar.
El rey quiso pedirle explicaciones, pero el hombre se alejó, y cuando acudieron los criados a las voces de su amo y buscaron, no había nadie en la calle ni en las vecindades.
El rey repitió a sus hijos la receta, y ofreció que su corona sería de aquel que le trajera la Flor del Olivar. El mayor dijo que a él le correspondía partir primero. Buscó el mejor caballo del palacio, hizo que le prepa­raran bastimento para un mes y partió con los bolsillos llenos de dinero.
Anda y anda y anda hasta que llegó a un río. A la orilla había una mujer lavando, que parecía una por­diosera y cerca de ella, un chiquito, flaquito como un pijije y que lloraba que daba compasión oirlo. La mujer dijo al príncipe: —Señor, por amor de Dios déme algo de lo que lleva en sus alforjas-, mi hijo está llorando de necesidad.
— ¡Que coma rayos, que coma centellas ese llo-retas! Todo lo que va en las alforjas es para mí—. Y continuó su camino. Pero nadie le dio razón de la.Flor del Olivar. Se devolvió y en una villa que había antes de llegar a la ciudad de su padre, se metió a una casa de juego y allí jugó hasta los calzones.
Al ver que pasaban los días y no regresaba el príncipe, partió el segundo hijo, bien provisto de todo. Le ocurrió lo que al hermano: vio la mujer lavando, con un niño esmorecido a su lado; le pidió de comer, y éste que era tan mal corazón como el otro, le respondió: — ¡Que coma rayos, que coma centellas! Yo no ando alimentando hambrientos—. Tuvo que devolverse porque en ninguna parte le daban noticias de la Flor del Olivar. Se encontró con su hermano que lo entotorotó a que se quedara jugando su dinero.
Por fin, el último hijo del rey, que era casi un niño, salió a buscar la Flor del Olivar. Tomó el mismo camino que sus hermanos y al llegar al río oncontró a la mujer que lavaba y al niño que lloraba.
Preguntó por qué lloraba el muchachito y !a mujer le contestó que de hambre. Entonces el príncipe bajó de su caballo y buscó de lo mejor que había en sus alforjas y se lo dio a la pordiosera. En su tacita de plata vació la leche que traía en una botella, con sus propias manos desmigó uno de los panes que su madre la reina había amasado, puso al niño en su regazo y le dio con mucho cariño las sopas preparadas; luego lo durmió, lo envolvió en su capa y lo acostó bajo un árbol.
La mujer, que no era otra que la Virgen, le preguntó en qué andenes andaba, y él le contó el motivo de su viaje.
—Si no es más que eso, no tiene Ud. que dar otro paso —le dijo la Virgen—. Levante esa piedra que está al lado de mi hijito, y ahí hallará la Flor del Olivar.
Así lo hizo el príncipe y en una cuevita que había bajo la piedra, estaba la Flor, que parecía una estrella. La cortó, besó al niño, se despidió de la mujer, montó a caballo y partió.
Al pasar por donde estaban sus hermanos, les enseñó la Flor. Ellos le llamaron y le recibieron con mucha labia. Lo convidaron a comer y mientras fue a desensillar su caballo, ellos se aconsejaron. En la comida le hicieron beber tanto vino que se embriagó.
Cuando estuvo dormido, se lo llevaron al campo, lo mataron, le quitaron la Flor y lo enterraron. Sin querer le dejaron los deditos de la mano devecha fuera de la tierra.
Los príncipes volvieron donde su padre con la Flor, que fue puesta en agua en la que se lavó el rey sus ojos, que al punto vieron. Entonces dijo a sus hijos que al morir, su inmenso reino se dividiría en dos y así ambos serían reyes.
Entre tanto, los deditos del cadáver retoñaron y nació allí un macizo de cañas. Un día pasó un pastor y cortó una caña e hizo una flauta. Al soplar en ella se quedó sorprendido al oir cantar así:
No me toques pastorcito, ni me dejes de tocar-, que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar.
El pastor Lúe a enseñar la flauta maravillosa y los que la oyeron le aconsejaron que se fuera a la ciudad y que allí todo el mundo pagaría por oiría. Así lo hizo y a los pocos días no se quedaba en la ciudad quien no anduviera en busca del pastor dueño de aquel instru­mento maravilloso.
Llegó la noticia a oídos del rey, y éste hizo llevar al palacio al pastorcito. Al oir la flauta, recordó la voz de su hijo menor a quien tanto amaba y del que nunca había vuelto a saber nada. Pidió al pastor la flauta y se puso a tocarla y con gran admiración de todos, la flauta cantó así:
No me toques, padre mío ni me dejes de tocar, que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar.
El rey se puso a llorar. Acudieron la reina y los príncipes.
El rey pidió a la reina que tocara la flauta, que entonces dijo:
No me toques, madre mía ni me dejes de tocar, que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar.
El rey quiso que su hijo segundo tocara. Todos vieron que los dos príncipes estaban pálidos y con las piernas en un temblor. El príncipe trató de negarse, pero el rey lo amenazó. La flauta cantó:
No me toques, hermano mío, ni me dejes de tocar, que aunque tú no me mataste me ayudaste a enterrar.
El príncipe mayor, por orden de su padre tuvo que tocar la flauta:
No me toques, perro ingrato, ni me dejes de tocar, que tú fuiste el que me mataste por la Flor del Olivar.
El pobre rey mandó a meter a sus hijos en un calabozo y él y la reina se quedaron inconsolables por toda la vida.

cucarachita mandiga

había una vez una Cucarachita Mandinga que estaba barriendo las gradas de la puerta de su casita, y se encontró un cinco. 
Se puso a pensar en qué emplearía el cinco. 
-¿Si compro un cinco de colorete? -No, porque no me luche.(luce) 
¿Si compro un sombrero? -No, porque no me luche. ¿Si compro unos aretes? -No, porque no me luche. ¿Si compro un cinco de cintas? -Sí, porque sí me luchen.

Y se fue para las tiendas y compró un cinco de cintas; vino y se bañó, se empolvó, se peinó de pelo suelto, se puso un lazo en la cabeza y se fue a pasear a la Calle de la Estación. Allí buscó asiento. 
Pasó un toro y viéndola tan compuesta, le dijo: -Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo? 
La Cucarachita le contestó: - ¿Y cómo hacés de noche? 
-¡Mu....mu........! 
La Cucarachita se tapó los oídos: 
-No, porque me chutás.(asustás) 
Pasó un perro e hizo la misma proposición. 
-Y cómo hacés de noche? -le preguntó la Cucarachita. 
-¡Guau....guau....! 
-No, porque me chutás. 
Pasó un gallo: -Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo? 
-¿Y cómo hacés de noche? 
-¡Qui qui ri quí!.... 
-No, porque me chutás. 
Por fin pasó el Ratón Pérez. 
A la Cucarachita se le fueron los ojos al verlo: 
Parecía un figurín, porque andaba de leva, tirolé y bastón. 
Se acercó a la Cucarachita y le dijo con mil monadas: 
-Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo? 
-¿Y cómo hacés de noche? 
-¡I, i, iii...! 
A la Cucarachita le agradó aquel ruidito, se levantó de su asiento y se fueron de bracete. 
Se casaron y hubo una gran parranda. 
Al día siguiente la Cucarachita, que era muy mujer de su casa, estaba arriba desde que comenzaron las claras del día poniéndolo todo en su lugar. 
Después de almuerzo puso al fuego una gran olla de arroz con leche, cogió dos tinajas que colocó una sobre la cabeza y otra en el cuadril, y se fue por agua. 
Antes de salir dijo a su marido: -Véame el fuego y cuidadito con golosear en esa olla de arroz con leche. 
Pero apenas hubo salido su esposa, el Ratón Pérez le pasó el picaporte a la puerta y se fue a curiosear en la olla. Metió una manita y le sacó al punto: -¡Carachas! ¡Que me quemo! 
-Metió la otra: ¡Carachas! ¡Que me quemo! -Metió una pata: -¡Carachas! ¡Que me quemo! -Metió la otra pata y salió bailando de dolor: -¡Demontres de arroz con leche, para estar pelando! -Pero como eran muchas las ganas de golosear, acercó un banco al fuego y se subió a él para mirar dentro de la olla...! 
El arroz estaba hierve que hierve, y como la Cucarachita le había puesto queso en polvo y unas astillitas de canela, salía un olor que convidaba. 
Ratón pérez no pudo resistir y se inclinó para meter las narices entre aquel vaho que olía a gloria.

Pero el pobre se resbaló.... y cayó dentro de la olla. 
Volvió la Cucarachita y se encontró con la puerta atrancada. Tuvo que ir a hablarle a un carpintero para que viniera a abrirla. Cuando entró, el corazón le avisaba que había pasado una desgracia. Se puso a buscar a su marido por todos los rincones. Le dieron ganas de asomarse a la olla de arroz con leche.... y ¡Va viendo! ... a su esposo bailando en aquel caldo. 
La pobre se puso como loca y daba unos gritos que se oían en toda la cuadra. Los vecinos la consideraban, sobre todo al pensar que estaba tan recién casada. Mandó a traer un buen ataúd, metió dentro de él al difunto y lo colocó en media sala. Ella se sentó a llorar en el quicio de la puerta. 
Pasó una palomita que le preguntó: 
-Cucarachita Mandinga 
¿por qué estás tan triste? 
La Cucarachita le respondió: 
-Porque Ratón Pérez 
se cayó entre la olla, 
y la Cucarachita Mandinga 
lo gime y lo llora. 
La palomita le dijo: 
-Pues yo por ser palomita 
me cortaré una alita. 
Llegó la palomita al palomar que al verla sin una alita , le preguntó: -Palomita, ¿por qué te cortaste una alita? 
-Porque Ratón Pérez 
se cayó entre la olla, 
y la Cucarachita Mandinga 
lo gime y lo llora ... 
Y yo por ser palomita 
me corté una alita. 
Entonces el palomar dijo: 
-Pues yo por ser palomar 
me quitaré el alar. 
Pasó la reina y le preguntó: 
-Palomar, ¿por qué te quitaste el alar? 
-Porque Ratón Pérez 
se cayó entre la olla, 
Y la Cucarachita Mandinga 
lo gime y lo llora ... 
Y la palomita se cortó una alita ... 
Y yo por ser palomar 
me quité mi alar. 
La reina dijo: 
-Pues yo por ser reina, 
Me cortaré una pierna. 
Llegó la reina renqueando donde el rey, que le preguntó: 
-Reina, ¿por qué te cortaste una pierna? 
-Porque Ratón Pérez 
se cayó entre la olla, 
y la Cucarachita Mandinga 
lo gime y lo llora ... 
Y la palomita 
se cortó una alita, 
el palomar 
se quitó su alar, 
y yo por ser reina, 
me corté una pierna. 
El rey dijo: 
-Pues yo por ser rey, 
me quitaré mi corona. 
Pasó el rey sin corona por donde el río, que le preguntó: 
-Rey, ¿por qué vas sin corona? 
-Porque Ratón Pérez 
se cayó entre la olla, 

y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
y yo por ser rey,
me quité la corona.
El río dijo:
-Pues yo por ser río,
me tiraré a secar.
Llegaron unas negras al río a llenar sus cántaros y al verlo seco, le preguntaron:
-Río, ¿por qué estás seco?
-Porque Ratón Pérez
se cayó en la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó su corona
y yo por ser río,
me tiré a secar...
-Pues nosotras por ser negras, quebramos los cántaros.
Pasaba un viejito, quien al ver a las negras quebrar sus cántaros, les preguntó:
-¿Por qué quebráis los cántaros?
-Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó la corona,
el río
se tiró a secar
y nosotras por ser negras,
quebramos los cántaros.
El viejito dijo:
-Pues yo por ser viejito,
me degollaré.
Y se degolló.
Entre tanto llegó la hora del entierro.
La Cucarachita quiso que fuera bien rumboso e hizo venir músicos que iban detrás del ataúd tocando. Los violines y los violones decían:
-¡Por jartón, por jartón,
por jartón
se cayó entre la olla!
Y me meto por un huequito y me salgo por otro para que ustedes me cuenten otro.